Todo mata

La premisa de las películas de Final Destination es demasiado interesante: ¿qué pasa si vislumbras tu muerte minutos antes de que ocurra y logras evitarla? ¿Acaso rompes el equilibrio universal y, de una u otra manera, tienes que pagar por ello? Y una vez que la calaca con capa pone su ojo sobre ti, ¿será capaz de conspirar en tu contra de las maneras más elaboradas posibles en vez de mandar un rayo que caiga sobre tu cabeza?
En la primera entrega de la serie un grupo de estudiantes se salvan de quedar como manchas rojas en el aeropuerto Kennedy después de la explosión del avión en el que están a punto de viajar. La ruta es Kennedy-Charles De Gaulle, en Francia (curiosamente, meses después del estreno de la cinta, un avión de Air France explotó durante el despegue en ruta del Charles De Gaulle hacia el Kennedy). Uno de los escuincles tiene una visión horrible en la que ve a detalle la muerte de sus compañeros y la propia. Aterrado, baja de la nave y pone a todos en estado de alerta. Después de que el avión estalla, los sobrevivientes se sienten afortunados. Lo que ignoran es que la muerte tiene un plan para cada uno de nosotros, y regresará por ellos en el mismo orden en el que debían morir en el vuelo.
Esa es justo la misma fórmula de las tres películas que le siguieron, aunque Final Destination 2 es la más gory, dinámica y cagada de todas. La primera secuencia ocurre en una carretera y es, simplemente, un placer sádico descrito en sangriento y mórbido detalle por el director David R. Ellis, quien regresa a su deber en The Final Destination (¿la última probablemente?) o, como suena mejor: Final Destination 4.
Pero esta cuarta parte no le hace sombra a la segunda. Aquí la primera secuencia grotesca funciona muy bien, con un autódromo como el escenario del mal. Cuatro guapistarlets (dos viejas y dos goeyes) acuden a una carrera para terminar como testigos de una masacre perpetrada por la física terrestre. Uno de ellos tiene una visión sobre el accidente y advierte a la gente a su alrededor, salva a algunos y, como siempre, los sobrevivientes mueren uno a uno en modos no tan ingeniosos pero sí divertidos.
La mayor atracción de esta nueva película es el 3D que, a diferencia de como ocurre en My Bloody Valentine 3D, sí funciona a la perfección y añade muchísimo a la experiencia. De la mayoría de las películas en tercera dimensión que se han estrenado últimamente, es la que mejor consigue el efecto de invadir al espectador con la sensación de ‘holy crap, ese desarmador salió volando hacia mí’.
Lo malo es que no todas las muertes son ni tan ingeniosas ni tan sangrientas como para justificar el título de la película –aunque hay un par que sí son bastante gráficas.
La fórmula se ha desgastado, pero esta es probablemente la segunda más divertida de la tetralogía. No promete mucho pero cumple más de lo que podríamos esperar, con todo y las patéticas actuaciones.
Saldrán con una idea muy clara en la cabeza: aléjense de las escaleras eléctricas, son del Diablo.
—Cabri.