Fayuca y felicidad

Ayer, Pablo dijo algo jocoso pero cierto a la hora de la comida: “En los ochenta en México, era como un país socialista pero sin la ideología”. Nos pusimos a platicar sobre la ausencia casi total de opciones que tenían los consumidores: pocos autos, pocos canales de TV (en aquellos tiempos, y vaya que eran malos, existía una cosa llamada “canal 8”), pocos refrescos de cola. En los “cuatro grandes” –como les llamaba la esposa de Rod Tidwell–, estábamos bien jodidos: “Shoe, car, clothing-line, soft drink”. MTV era cosa del diablo, a decir de la esposa del presidente. Jacobo era el encargado de dar las noticias –ciertas o no, pero las daba. La mayoría de la gente usaba el infame Vocho, a.k.a. VW Sedán. La barra de caricaturas del canal 5 era horrenda. Yuri: una mierda. El Toro Valenzuela: orgullo nacional, de lo poco que funcionaba en el deporte (es que a nuestros marchistas siempre los eliminaban en los Juegos Olímpicos). Yo creo que México ni siquiera era el gigante de Concacaf, para que me entiendan. Y en ese panorama tan depresivo, un málchico como Ruys y otros cientos de miles de mexicanos jóvenes no teníamos verdaderas opciones de calidad para calzar tenis bonitos. ¿Qué podíamos comprar en las tiendas mexicanas hace, digamos, 25 años? Bueno, Garcis, Settia y Panam que –ahora resulta– están superdemodaentrelachaviza. El escenario era catastrófico, por lo que conseguir mercancía de calidad se convertía en una necesidad de características homéricas. La búsqueda de tenis “gabachos” nos podría llevar a Tepito (donde también vendían esta ahora bizarra consola de videojuegos) o a aquellos bazares a los que le cantaban las flans, o a los mercados de pulgas de provincia. Al que iba yo de morrito estaba en Saltillo, Coahuila, y le llamaban “Laredito”. Era una bestial orgia de cuadras y cuadras de puestos callejeros con ropa de paca y uno que otro espontáneo vendiendo electrodomésticos usados. Ahí, compré una vez unos jeans Levi’s 501 en 3 pesos (eso fue: tres pesos). La cercanía con Texas era invaluable: durante las visitas relámpago de shopping al Mall del Rio, y con un ahorro cabrón de tu parte, podías hacerte de todas esas cosas que jamás encontrarías en México: discos, playeras, golosinas, latas vacías de refresco con diseños locotrones, cigarrillos y… tenis. Los tenis eran (y siguen siendo) mi propia y privada Arca de la Alianza. La primera vez que vi a mi hermano enfundado en unos Reebok de “media bota” pensé y dije guau, guau, guau. Guau. En el México de los ochenta, la fayuca era un vórtex de felicidad.
La autobiografía de Marjane Satrapi en forma de historieta, Persepolis, retrata esta ansiedad por las cosas buenas del exterior. Una chica en un Irán sometido por un régimen férreo, busca acetatos fayuqueros de ABBA y AC/DC y los guarda poéticamente en su burka. Cuando me encontré con ello en Persepolis sólo pude pensar y decir guau, guau, guau. Guau. En el Irán de los ochenta, la fayuca también era un vórtex de felicidad.
—Le Ruys